Por: Joan Rosario Maria
Según datos del Banco Central de la República Dominicana, se estima que el crecimiento de la economía dominicana ronde el 2.5%, una cifra considerablemente por debajo de las proyecciones que se tenían a inicios de año.
Y es normal preguntarse: ¿qué significa esto en la práctica, en nuestro día a día?
En términos simples, significa que el país avanzó, pero lentamente. La economía no se contrajo ni entró en crisis, pero creció a un ritmo moderado. Se generan nuevos empleos, sí, pero no en la cantidad ni con la velocidad suficiente para absorber toda la demanda laboral. Al mismo tiempo, los ingresos de la mayoría no crecen tan rápido como los precios, lo que provoca una sensación generalizada de que “el dinero no rinde”, aun cuando el país sigue creciendo.
Este escenario se traduce en menos expansión y menos aperturas de nuevos negocios. El crédito existe, pero se utiliza con mayor cautela. Las familias priorizan los gastos esenciales y, en muchos casos, aumenta el uso de financiamiento y tarjetas para cubrir gastos corrientes.
Pero para entender completamente este panorama, hay otro indicador clave del que debemos hablar y que solemos escuchar con frecuencia, aunque no siempre comprendemos del todo: la inflación.
Al cierre de 2025, la inflación en la República Dominicana se ubicó en torno al 4.9%, de acuerdo con cifras oficiales. Dicho de forma sencilla, esto significa que los precios fueron casi un 5% más altos que un año atrás.
¿Y qué implica esto en la vida real?
La inflación mide cuánto suben los precios de lo que consumimos a diario: alimentos, transporte, servicios, alquiler, educación, salud. Cuando la inflación ronda el 5%, quiere decir que con el mismo dinero hoy compramos menos que antes.
Veámoslo con un ejemplo práctico: Si una familia destinaba alrededor de RD$40,000 mensuales para cubrir sus gastos básicos en 2024, para mantener exactamente el mismo nivel de consumo en 2025 necesitaría cerca de RD$42,000. No porque consuma más, sino simplemente porque todo cuesta un poco más.
El reto aparece cuando los ingresos no aumentan en la misma proporción. En ese escenario, las familias se ven obligadas a:
- Ajustar gastos.
- Priorizar lo esencial.
- Posponer compras importantes.
- Apoyarse más en financiamiento o tarjetas para poder llegar a fin de mes.
Aunque esta inflación se mantuvo dentro del rango manejado por las autoridades monetarias, su efecto sí se siente en el bolsillo, especialmente en los hogares de ingresos medios y bajos, donde alimentos y transporte representan una mayor parte del presupuesto.
En términos simples, el balance fue “más o menos”:
- Los precios suben más rápido de lo que crecen los ingresos.
- El esfuerzo para llegar a fin de mes es mayor.
- Aun trabajando y produciendo más, la mejora no se siente plenamente en el bolsillo.
Este desbalance explica por qué muchas personas perciben que la economía “no está mal”, pero tampoco “está bien”. No hay crisis, pero sí una presión constante sobre el presupuesto familiar.
2026 promete, y en nuestro próximo artículo hablaremos sobre las proyecciones económicas para este año y cómo, en términos simples, estas pueden impactar nuestros bolsillos, para que puedas planificarte desde ya y enfrentar los posibles escenarios con menor esfuerzo.











