Diseñar Para Un Terremoto Que Quizás Nunca Ocurra

¿Cuánto estaríamos dispuestos a invertir hoy para protegernos de algo que quizás nunca ocurra?
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Esa pregunta está presente, de alguna manera, cada vez que diseñamos una estructura pensando en un terremoto. Una edificación puede permanecer durante décadas sin enfrentar un sismo de gran magnitud y, aun así, muchas de las decisiones tomadas durante su diseño fueron pensadas precisamente para ese momento que esperamos que nunca llegue.

Como ingeniero civil, profesional en gestión de proyectos e ingeniero de riesgos, este tema me resulta particularmente interesante porque combina tres elementos que muchas veces analizamos por separado: ingeniería, incertidumbre y consecuencias.

Cuando ocurre un terremoto, el suelo se mueve y los edificios responden a ese movimiento. Pero no todos lo hacen de la misma manera. La altura, el tipo de estructura, las características del suelo, la antigüedad de la edificación y la intensidad del sismo, entre otros factores, pueden hacer que dos edificios relativamente cercanos tengan comportamientos diferentes.

Esto también explica por qué una persona ubicada en los niveles superiores de una torre puede sentir el movimiento con mayor intensidad que alguien situado en niveles inferiores. Aunque nuestra reacción natural sea asociar movimiento con peligro, que un edificio se mueva durante un terremoto no significa necesariamente que esté fallando.

También es importante entender que no todos los terremotos representan la misma exigencia para una estructura. Un sismo moderado no genera las mismas condiciones que uno de gran magnitud. En eventos severos pueden producirse daños sin que esto signifique necesariamente el colapso de la estructura. En esos escenarios, proteger la vida de sus ocupantes se convierte en una prioridad fundamental.

Pero existen edificaciones donde las consecuencias van mucho más allá de permanecer en pie.

Un hospital es quizás uno de los mejores ejemplos. Después de un terremoto importante no basta necesariamente con que su estructura no colapse. Necesitamos que sus accesos, instalaciones y áreas esenciales permitan continuar ofreciendo servicios precisamente cuando probablemente exista una mayor cantidad de personas necesitándolos.

Ahí podemos ver claramente la diferencia entre proteger una estructura y proteger su función. Una vivienda, una torre de apartamentos y un hospital pueden estar expuestos al mismo evento, pero las consecuencias de que cada uno deje de funcionar son muy diferentes.

Y este análisis tampoco pertenece solamente a las grandes infraestructuras.

Si vivimos en un apartamento o en una vivienda de pocos niveles, el principio sigue siendo el mismo. Cada edificación tiene características y condiciones diferentes que influyen en cómo puede responder ante un terremoto. En edificaciones con varios años de construcción, también entran en juego el mantenimiento, el deterioro y las modificaciones realizadas con el paso del tiempo.

La solución comienza precisamente por entender qué podemos controlar.

No podemos decidir cuándo ocurrirá un terremoto ni cuál será su intensidad. Pero en una edificación nueva sí podemos realizar estudios adecuados, diseñar correctamente, supervisar la ejecución y mantener controles de calidad durante la construcción. En una edificación existente podemos conocer su condición, prestar atención al deterioro y a las modificaciones realizadas y, cuando existan razones que lo justifiquen, realizar una evaluación técnica.

Esto no significa que toda edificación antigua sea insegura o que cualquier grieta represente un problema estructural. Significa que, frente a aquello que no podemos controlar, nuestra mejor herramienta es conocer nuestras vulnerabilidades y tomar decisiones antes de que ocurra el evento.

Desde la gestión de riesgos, el razonamiento es similar al que utilizamos en cualquier proyecto: identificar qué puede ocurrir, entender cuáles serían sus consecuencias y determinar qué podemos hacer hoy para reducirlas.

Y es precisamente ahí donde encuentro la respuesta a la pregunta con la que iniciamos.

¿Por qué invertir hoy para protegernos de un terremoto que quizás nunca ocurra?

Porque el costo de gestionar un riesgo no debe evaluarse únicamente por la probabilidad de que ocurra, sino también por las consecuencias que tendría si llega a materializarse. Podemos pasar décadas sin necesitar muchas de las decisiones que fueron tomadas durante el diseño de una estructura. Pero basta con necesitarlas una sola vez para entender su importancia.

Quizás ese terremoto nunca ocurra durante la vida útil de la edificación. Ojalá así sea.

Pero gestionar riesgos no consiste en esperar que nunca suceda. Consiste en tomar hoy las decisiones necesarias para que, si algún día sucede, sus consecuencias sean menores.

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