Hace unas semanas, mientras transitaba por una obra vial en ejecución, escuché a varias personas hacer una de esas preguntas que en República Dominicana se repiten constantemente: “¿por qué las obras públicas siempre se atrasan?”
Como ingeniero civil, profesional en gestión de proyectos y analista de riesgos, esa pregunta me lleva siempre al mismo punto: los proyectos de infraestructura rara vez fallan únicamente durante la construcción. En la mayoría de los casos, los problemas se originan mucho antes de que se coloque la primera piedra. En mi experiencia trabajando en proyectos y analizando su comportamiento desde la óptica de la gestión de riesgos, he observado que existe una tendencia recurrente a subestimar la incertidumbre.
Se planifica como si todo fuera a salir según el mejor escenario posible, cuando en realidad todo proyecto de infraestructura está expuesto a múltiples variables que cambian constantemente. Condiciones del terreno distintas a las previstas, retrasos en permisos, interferencias con servicios existentes, variaciones en los precios de materiales, cambios de alcance y eventos climáticos son solo algunos de los factores que pueden impactar un proyecto.
La diferencia entre un proyecto exitoso y uno problemático no es la ausencia de estos riesgos, sino la capacidad de anticiparlos y gestionarlos adecuadamente. Uno de los problemas más comunes que he identificado es la debilidad en la fase de planificación. Cuando los estudios iniciales no son lo suficientemente profundos, las decisiones se toman sobre información incompleta. Esto genera que durante la construcción aparezcan situaciones no previstas que terminan afectando el cronograma y el presupuesto.
Otro elemento clave es la gestión de cambios. En muchos proyectos, los ajustes de alcance son inevitables. Sin embargo, cuando estos cambios no se controlan mediante procesos formales de evaluación de impacto, el resultado suele ser una acumulación de retrasos y sobrecostos que se vuelven difíciles de recuperar. Desde la perspectiva de la gestión moderna de proyectos, no es realista asumir que todo saldrá exactamente como fue planificado.
Por eso, herramientas como la identificación temprana de riesgos, la evaluación de su impacto y la incorporación de reservas de tiempo y presupuesto no deberían verse como un lujo, sino como una necesidad básica de cualquier proyecto de infraestructura.
A lo largo de mi carrera he llegado a una conclusión muy clara: el principal problema de muchos proyectos no es la falta de capacidad técnica para construir, sino el exceso de optimismo en la etapa de planificación. Para el ciudadano, estos retrasos suelen verse como ineficiencia o desorden. Y en algunos casos lo son. Pero también reflejan un problema estructural más profundo: la forma en que se conciben, planifican y gestionan los proyectos desde su origen. República Dominicana continúa apostando por el desarrollo de su infraestructura como motor de crecimiento. Precisamente por eso, resulta cada vez más importante fortalecer la cultura de planificación, gestión de proyectos y administración de riesgos.
No se trata solo de construir más, sino de construir mejor, con mayor previsibilidad y sostenibilidad. Al final, las obras no fracasan cuando se están ejecutando. En la mayoría de los casos, ya venían con problemas desde mucho antes.










